lunes, 25 de julio de 2011

15 Modernitos



¿Qué demonios están haciendo?
Vamos a salir a rocanrolear. Tú no entiendes, papá, no estás en onda.
Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron la onda; ahora la onda que traigo no es onda, y la onda de onda me parece muy mala onda. ¡Y te va a pasar a ti!
  
Abuelo Simpson.


Hace unos meses, Dov Charney, fundador y dueño de American Apparel, la tienda hipster por excelencia, declaró en la página del San Francisco Gate que lo hipster había llegado a su fin, y que su lugar lo tomaría el preppy como la nueva línea a seguir por la franquicia. Una noticia preocupante porque yo, como el resto del universo, no consigo saber a ciencia cierta qué son los hipsters. Y ahora han muerto. Y también un acontecimiento desolador porque ahora quién tendrá la culpa de todos los movimientos aborrecibles en la ciudad, quiénes crearan esa cosa tan detestable llamada arte contemporáneo —y quiénes sino ellos nos vendrán a reprender por nuestro retraso cultural de no entender qué es eso—, quiénes le mostrarán su apoyo a Sicilia escribiendo poemas en el pavimento, quiénes nos van a concientizar de la lucha indígena en México, quiénes van a protestar que la U de G es para todos (aunque estudien en el ITESO), quiénes regresarán de Playa del Carmen, Buenos Aires, Barcelona y Nueva Zelanda a platicarnos que han colonizado el nuevo mundo; vaya, ¿y ahora quién podrá salvarnos del tedio de la cotidianidad?  

Dado que algunos representantes de lo hipster tienden a cumplir con todo el estereotipo, mientras que otros se apartan del mismo y de vez en vez deciden regresar a el, el convenio es imposible. No existe un acuerdo general de lo que son. Lo que sí hay, y mucho, es toda esta cantidad de gente que explica su existencia a través de las vertientes histórica y social. Ambas son aburridísimas y no generan mas que el incremento de caos en el barullo. La histórica, dicen ellos, intenta atribuirles una presencia en los años sesenta o setenta (no recuerdo bien) como las personas que fracasaron en su intento por ser hipis. La social, dicen ellos, pretende identificarlos por sus rasgos más distinguibles, como la vestimenta, el corte de cabello, la música o los lugares que frecuentan. Y a estas se le sumarían otra sarta de suposiciones igual de inservibles, como que un hipster es a partir de otro hipster más hipster que él, o que son los nuevos emos disfrazados, o que un hipster nunca se asumirá como hipster, o que Jesucristo fue el primer hipster de la historia por andar vagando por ahí predicando con la verdad. Pero ¿eso qué? A mi parecer todas entrañan reduccionismos insultantes. Ninguna de las dos justifica el hecho de que sean tan insoportables, con tanta hambre de protagonismo en cualquier ámbito.

La indeterminación por la que atraviesan —quién sabe si porque ellos quisieron o  porque metieron las manos en tantas cosas donde ya había gente inmiscuida— ha provocado un revoltijo que dificulta otorgarles el reconocimiento que tanto gritan. Es precisamente por el desacuerdo que reina y por la insuficiencia de lo que ya está, lo que le permite a uno entender lo hipster como se le venga en gana. O si no como a uno se le venga en gana sí como le favorezca a su realidad. Por tanta definición chaparra, la vaguedad en torno al tema ha llegado al punto donde es necesaria una única y exclusiva significación de lo hipster que se aparte del sentido común, que rechace toda relación con la historia, que rehúya del status quo como el esclarecimiento del movimiento, que abandone nociones rapiditas como que lo hipster es la suma de sus factores y ya (los lentes, las camisitas a cuadros, los peinados nazis, la música que nadie conoce, sus críticas de arte, sus andanzas por Santa Tere, su perpetua vigilancia por el medio ambiente): lo hipster, hay que decirlo, es una nueva forma de lo irrisorio y lo desdeñable que puede extenderse a cualquier terreno que uno lo desee.

Mucho se me ha invitado a dejarlos en paz, que el hipster es inofensivo. Sí. Pero tampoco habríamos de adoptar una postura acrítica que los deje ser así nomás por nomás, porque ellos gozan el mismo derecho a expresarse que los demás. No me han hecho nada personal salvo hacerle propaganda a sus causas y motivaciones. Alguna vez un grupo de personas detuvo mi paso por la calle. Se negaban a dejarme seguir por mi camino. Cuando les interrogué por sus actos, me dijeron que me estaban haciendo sentir lo que siente un migrante. Otra ocasión, cometí la equivocación de asistir a uno de esos lugares de lectura a micrófono abierto. La primera persona que subió al estrado descalzo dedicó sus poemas a los Raramuri, a quienes llamó sus hermanos; invitó a que no bebiéramos café de Starbucks y que tampoco compráramos nuestros alimentos en Wal Mart. Hace tiempo tuve la mala suerte de conocer a un hombre que se hacía llamar Miguel, así sin apellidos (el ‘,así sin apellidos’ era su apellido, con todo y la coma incluida); recuerdo que estábamos en la fila del banco y era un 14 de Septiembre. Me comentó brevemente que festejaría las fiestas patrias corriendo desnudo y pintado de rosa mexicano por Av. Vallarta, que lo videograbaría todo y lo subiría a Youtube. Días después, vencido por la curiosidad, busqué en la red su espectaculito y ahí estaba, junto a una liga que te mandaba directamente a su página personal donde se exhibía su trabajo como fotógrafo de gente al desnudo y una extraña fascinación por las burbujas. Recientemente, recibí una invitación a la playa por parte de un buen amigo mío. Me compartió que había comprado una máquina de escribir, la más vieja que encontró en el Mercado del Baratillo, que planeaba incomunicarse con el mundo durante dos semanas, escribir una novela corta y enviarla a Anagrama o a Tusquets o a cualquier otra editorial independiente para su publicación. Le dije no gracias, Hemingway. Un profesor de la universidad, aclamado filósofo que presume dos maestrías, tres doctorados y otros cuatro en proceso, publica periódicamente en su muro del facebook breves pensamientos sobre de La Nada, su único tema: ‘Hoy es el mañana por el que te preocupabas ayer.’; ‘No hay tal cosa como la libertad, sólo es nombrar en forma deseable la impotencia; más alto es renunciar a poseerle y encontrar el sentido husmeante de su ausencia.’; a cada uno de ellos le siguen una infinidad de pulgares hacia arriba dándole la razón. En un concierto a beneficencia de la educación, el vocalista del grupo San Pascualito Rey terminó su actuación invitando al público a ‘atacar las bibliotecas, carnalitos, ahí están todas las respuestas. ¡Hay que leer! ¡Hay que leer!’; en fin, todo un caudillo cultural.  En el número del mes de enero de la revista Magis, publicaron un reportaje de un tal ‘El Negro’, activista tapatío de gran empuje; además de andar en una bicicleta sin frenos y preciarse de haber aterrizado a Guadalajara las enseñanzas de Foucault, autor que respalda su luchita  —por mencionar algunas de las cualidades que la revista decidió resaltar en el pie de foto—, ‘El negro’ posa con una playera que lleva impresa el número 39, artículo de la Constitución Mexicana que reza que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en su pueblo. Un estudiante presumía su planes veraniegos: viajaría por Sudamérica en motocicleta sin rumbo fijo, sin un peso y sin ninguna expectativa salvo la de atestiguar la calidad de vida de la clase baja en aquellos rumbos. Le inquirí que para tener una probadita de pobreza bastaba darse una vuelta por la colonia Arenales Tapatíos. Molesto, contestó que su aventura no consistía en viajar y trabajar sino en 'traviajar'.  Uno más: dos estudiantes de letras conducen el proyecto ‘CinitoRetedivertido’—y qué decir de los prefijos que acostumbran a ponerles a las palabras: rete, hiper, súper, mega, post, ultra, non…—  los sábados por la noche en un café de la ciudad. Cuando me invitaron a hacer el comentario de una película a proyectarse, mencionaron que el arte era un vehículo para la cultura, por tanto, el cine debía acercarse a la gente de una manera amigable a través de intérpretes. 

Así, pues, toda experiencia hipster linda con la pretensión y termina en lo pedante y antipático. O al revés. Quién sabe. Sobre todo el hipster que puede pasar desapercibido a través de los detectores habituales por contar con la astucia de no disfrazarse. Acaso sean ellos y sus picardías lo que los vuelve chocantes. Sus acciones públicas son un constante recordatorio de lo que a uno no le importa; una sarta de imposiciones que atentan contra los principios de uno, por ejemplo, ése de que salvar al mundo es responsabilidad de cada quien. Los hipsters no soportan la idea de que las causas de uno son otras; ellos lo toman por una indiferencia que debería ser penada; lo entienden así o como una falta de sensibilización: de ahí que siempre estén exhortando a medio mundo a llevar su propio vaso a las fiestas, tu propia jarra a La Michoacana, a conservar una cubeta en tu regadera, a que vayas con ellos a la Sierra Huichola a recolectar café. Me parece que toda divulgación a las revoluciones personales que tenga tintes de imposición y altruismo debe o ampararse en la humildad o mantenerse en silencio o condenarse al olvido, principalmente si uno sospecha que dicha cruzada tiende más a los beneficios del heroísmo que a la generosidad de lo humanitario.  (Y sino, a ver, ¿por qué no van a cristianizar narcos? Ahí sí no le entran.) En ningún momento pierdo de vista que estipular  nuestras causas y motivaciones es una tarea espinosa. He conocido gente que cree que el mundo sería mejor si el gobernador ordenará una exterminación de cucarachas en la ciudad durante la temporada de lluvias. He conocido quien odia a los ciegos. He conocido a personas que son de la opinión de que el entorno estaría mucho mejor si en Guadalajara no hubiera tantos amanerados. He conocido quien recomienda que se debería bailar salsa en las calles, como en Cuba, y todo se solucionaría. Todas ellas premisas no menos atendibles por el hecho de ser aparentes nimiedades, y con una magnitud filantrópica equivalente a ésas producto del sentido común.    

Discrepo con que la idea de que el preppy sea tan sólo una mutación del hipster. A lo sumo heredarán sus malas costumbres de tornar las avenidas en un circo. Los atuendos hipsters irán al clóset, pero la publicidad a sus empresas de seguro la tomará alguien más. Nunca faltará quien ambicione alienarnos a eso de que el corazón del Teletón somos todos, o a gestas literarias, artísticas e intelectuales o básicamente a cualquier causa conmovedora. Entonces, pues, si el hipster ha muerto lo que vemos en la calle son fantasmas. En pos de mantenernos a salvo de las apariciones, la cosa funciona así:    

—Mañana vamos a recibir a David Byrne, vamos a pedalear un rato con él y de ahí le caemos a la reapertura del Roxy, nos vamos a juntar en el puente atolondrado, ¿vas?

—Vete a la verga, pinche modernito. 
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lunes, 6 de junio de 2011

2 Eso se me ocurrió a mí primero

Con pesadez sensación de despojo idéntica a la que arremete cuando otro saca a bailar a la chica que llevábamos viendo media hora— voy convenciéndome de que para algunas ideas no hay tiempo de rascarse las barbas. Toda vez que he corrido con la suerte de atinar una idea que acaso pudiera interesar a los demás, y que encima me da por pensar que cabe la posibilidad de que nadie más la haya pensado, comento la equivocación de darle demasiadas vueltas al asunto. Ésta es la segunda ocasión que enfurecido digo que eso se me ocurrió a mí primero. (La primera no tiene mucho caso recordarla. Tiempo después fui dándome cuenta de que esa idea ya era pensada por varios y desde hace muchísimo tiempo. El tema era los jóvenes y el hábito de la lectura.) Probablemente, los temas de los que más he sentido que tengo que ocuparme son aquellos que me han ganado otros autores. Por una u otra razón, ellos se me adelantaron. Y sería una imprecisión decir que lo pensaron primero que nadie, puesto que en el ensayo literario es factible que para eso de lo que se ocupe uno, haya un otro que se haya ocupado de él con anticipación. Lo peor del asunto ocurre cuando noto que aquel que se ocupó de mi tema no sólo lo hizo antes sino mejor, agregando nuevas ideas, diciéndolo contundente, con matices definitivos, en menor número de palabras, citando a una vaca sagrada que ni siquiera he leído. 
            No creo que en el ensayo, o en ninguna parte, quepa aquello de que eso se me ocurrió primero a mí —aunque un ensayo que anuncie y denuncie estos robos se me antoja muchísimo—. Pero si nos ceñimos a los antecedentes, podríamos conjeturar que sí se me pudo haber ocurrido a mí primero una serie de televisión como “The Booth at the End” (FX, 2011, Jessica Landaw), y que fue a los veinte años, cuando organicé un juego que predicaba la misma línea de pensamiento: ‘¿qué tanto deseas algo y, con base en ello, qué tanto estarías dispuesto a hacer si ello pudiera suceder?’. El juego básicamente se aprovechaba de un deseo incumplido del jugador para ponerlo en ridículo. El jugador le compartía al Dios del juego una petición que viene abrumándolo por determinado tiempo. Dios, decidido a concedérselo, lo colocaba en un escenario hipotético al que el jugador tendría que atenerse si quería ver su deseo satisfecho. Las consecuencias a pagar eran casi siempre las mismas: aberraciones sexuales, violencia física, vergüenzas eternas y dolores grotescos. Así, pues, si el jugador deseaba, por ejemplo, dormir únicamente media hora al día y que con esa cantidad de sueño tuviera lo suficiente para rendir, tendría que aceptar los términos en los que el deseo sería concedido: respetar la decisión de su novia por comprar un cinturón que tuviera un pene de plástico pegado; ponerse en veinteuñas toda vez que a su mujer se le antojara; grabarse; abrir un canal en YouTube que contenga material actualizado de sus sodomizaciones; responder con consejos a las preguntas o comentarios que sus seguidores hagan en el canal; pasar a la posteridad como el inventor de una nueva posición sexual que eleve los parámetros de lo sórdido; por último, enterarse en una junta de padres de familia de la primaria que sus hijos replican sus mismas prácticas con sus amiguitos.
            El reto del jueguito consistía en que el jugador encontrara la salida óptima ante el dilema. Por ejemplo, para quienes pedían tener mucho dinero, generalmente consentían participar en el escenario que el Dios les había fabulado, pensando en que una vez atravesada la debacle podrían patrocinar un proyecto de investigación científica que pudiera borrarles la memoria. En el caso anterior, el jugador por supuesto no aceptó, pero lo hizo con astucia, arguyendo que el cumplimiento de su deseo era contraproducente desde que el único momento que tendría de paz sería seguramente la noche para dormir; quitándole esto, él  mismo se ponía disponible al placer de su mujer. Hay, claro está, quienes no saben jugarlo, ya sea porque no pueden rebasar la inmediatez de sus pensamientos, respondiendo con un acepto o no acepto; otros, peor tantito, dicen que ese Dios no existe. En fin, nada de lo que habría que enorgullecerse; juegos perversos que uno se procura para matar el aburrimiento. Por lo pronto me limito a evidenciar la usurpación: “The Booth at the end” opera bajo el mismo principio: en el último gabinete de una cafetería, un hombre misterioso conversa con quienes vayan a visitarlo. Un número de personas sin aparente relación acuden a él con cierto deseo. Este hombre, de semblante imperturbable, les asigna una tarea al azar. Una vez que la persona la haya consumado con éxito, obtendrán lo que en un principio fueron a pedirle, no sin antes advertirles que él no les dará eso que piden en particular, sólo sucede y ya. Así, casos como el de Mrs. Tyler, quien demanda la reversión del Alzheimer de su esposo, tiene que explotar una bomba y matar a por lo menos sesenta personas. La hermana Carmel, monja en sus treinta, desea que dios vuelva a hablarle, para ello tendrá que embarazarse. Willem, hombre también en sus treinta que desea enamorar a una mujer; su labor, proteger a una niña de diez años, de qué, no sabemos. Es eso: uno como espectador no sabe a ciencia cierta qué es lo que está sucediendo. A lo sumo podemos intuir que a este hombre no le importa ni el deseo ni la consumación del acto tanto como la historia que transcurre en el tiempo que la persona tarda en actuar. Sabemos que todos los que visitan ese gabinete arriban por recomendación de alguien más a quien sí le resultó hacer tratos con ese hombre. Sabemos que la serie se orientará hacia la problematización de dilemas éticos y morales, que revelará los alcances que tiene la ambición del ser humano cuando está en juego su propio placer y todas esas cosas. Sin embargo, eso no quita que a mí se me haya ocurrido primero y que ahora nadie me crea, salvo las pocas personas que se sometieron al juego de dios en alguna reunión de amistades viejas y cansadas.
            Anuncio el hurto, porque es lo único que queda cuando alguien más se ha apropiado de una idea que se te ocurrió a ti primero. Si después de la denuncia a uno todavía pueden creerle la primicia de la idea, podríamos considerar que nos fue bien. Lo cierto es que eso difícilmente sucederá. El hecho de que el programita éste se encuentre ya al aire, significa que la gente tiene todos los motivos para creer que la idea se les ocurrió primero a ellos y yo vengo aquí a reclamar los derechos de algo que no me pertenece. El hecho de la primicia se reduce a quién se avivó primero, pero no por ello uno debe creer que la idea está perfeccionada por el ladrón. Sin embargo, como voy creyendo que es, algunas ideas son importantes única y exclusivamente porque se te ocurrieron a ti, no porque sean buenas ideas en general. Lo único que tenían de originales, creativas, chistosas, agradables, or whatever, era creer que yo las había pensado antes que nadie; o si no antes, sí mejor, eso era lo insuperable. Cuando llega el momento en que perdemos los derechos de eso, no queda nada, ni ganas de seguir jugando a ser el Dios, nomás el malestar de saber que se nos fue otra oportunidad para brillar por luz propia, y que de aquí a que se nos vuelva a ocurrir algo que creamos que no se le ha ocurrido a nadie, mejor anticiparse y escupirlo rápido: 



1) Yo dije que Ximena Sariñana era Ximena Sariñoña

2) Epígrafes: A (nombre de la chica), por supuesto.
                       A (nombre de la chica), ¿a quién más?
                       Para (nombre de la chica), ¿para quién más?
                       Para (nombre de la chica), ¿pues a quién más?

3) Comprar por Internet un disfraz de Godzilla en el que quepan dos personas. Adaptarle al disfraz una bocina que emita el sonido característico del personaje.  Visitar cualquier convención nacional de comics. Acceder al lugar de forma tranquila, recibiendo todos los halagos posibles. Cuando nadie lo sospeche, comenzar a despedazar el lugar, tal como Godzilla lo hacía con Japón mientras intentaba protegerlo de cualquier amenaza. Después, huir. Cuando me pidan explicaciones, justificar mi acto en un hecho artístico; ilustrar que los destrozos responden a esclarecer mis más nueva creación, “El umbral de Godzilla”, premisa que dice más o menos así: una vez más, nada importa, por ende, no hay evento que pueda modificar el curso de las cosas.
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miércoles, 25 de mayo de 2011

2 Del ensayo literario y otros demonios.




***


Me da por creer que a medida que uno lee va desarrollando una sensibilidad ensayística. Difícil explicar el concepto puesto que se trata de un invento que me ha servido para pretextar porqués acerca de los temas que voy seleccionando y desechando para escribir. Supongo que el invento encuentra su última justificación en una comparación ridícula en cuanto a otros autores. Es decir: el hecho es tan simplón que se reduce a la legitimación de los temas que uno elige cotejándolos con los que alguien más ha escogido (aunque sepamos de antemano que no importa de qué tema se ocupe el ensayista sino el modo en que se ocupa de él). Probablemente los temas de los que más he sentido que tengo que ocuparme son aquellos que me han ganado otros autores. Por una u otra razón ellos se me adelantaron. Y sería una imprecisión decir que lo pensaron primero que nadie puesto que en el ensayo literario es factible que para eso de lo que se ocupe uno, haya un otro que se habrá ocupado de él con anticipación. Lo peor de asunto ocurre cuando noto que aquél que se ocupó de mi tema no sólo lo hizo antes sino mejor, agregando nuevas ideas, diciéndolo preciso y contundente, en menor número de palabras, citando a una vaca sagrada que ni siquiera he leído. No creo que en el ensayo, o en ninguna parte, quepa aquello de que eso se me ocurrió primero a mí —aunque un ensayo que anuncie y denuncie estos robos se me antoja muchísimo—, aunque, si nos apegamos a los hechos, podríamos conjeturar que sí se me pudo haber ocurrido a mí primero una serie de televisión como “The Booth at the End” (FX, 2011, Jessica Landaw)¸ y que fue a los veinte años, cuando organicé un juego que predicaba la misma línea de pensamiento: ‘¿qué tanto deseas algo y, con base en ello, qué tanto estarías dispuesto a hacer si ello pudiera suceder?’ El juego básicamente se aprovechaba del deseo del jugador para ponerlo en ridículo: a través de un escenario hipotético donde el jugador sería humillado, él tendría que encontrar la salida óptima ante el dilema. Así, si el jugador deseaba, por ejemplo, dormir únicamente media hora al día, él tendría que aceptar los términos en los que el deseo sería concedido. Las consecuencias de que el deseo se cumpliera eran casi siempre las mismas: aberraciones sexuales, violencia física, vergüenzas eternas, etcétera. Equivalente la trama de la serie. En fin,  nada de lo que habría que enorgullecerse; juegos perversos que uno se procura para matar el aburrimiento. Me limito a evidenciar la usurpación. De ahí que el ensayista siempre esté entregando trabajos al vapor, todo en pos de evitar la competencia o las comparaciones de quien se han hecho cargo de eso mismo.
A diferencia de la gente letrada que gusta de pensar por escrito, me mantengo fuera de todo ambiente intelectual. Acaso sea porque nadie me invita a uno o porque los que conozco no me convocan en lo más mínimo, ‘espacios de encuentro con la palabra’, ‘charlando con la cultura’, ‘cineclubs’, ‘séptimo congreso de ensayistas jóvenes’, cafés del centro con temática artística, bares con jazz neoyorquino de fondo donde jóvenes creadores tienen la oportunidad de mostrar su trabajo. Pocas cosas tan complicadas como declararse un escritor, sobre todo si el único lugar donde uno muestra hambre de protagonismo es en un blog. Posiblemente, el ensayo literario tenga que ver con mantenerse en la mira pública mientras leemos a escondidas eso otro que consideramos verdadera literatura. Cada día voy pensando más que mi empecinamiento con el ensayo literario es como cuando un equipo inglés de la liga de ascenso tiene la oportunidad de enfrentar a uno de la liga premier: uno sabe que no tiene nada que perder desde que el asunto no podría estar peor, pero siempre existe la posibilidad  de dar el campazano y tener todos los reflectores encima de manera pasajera, esperando que en la afición permanezca el recuerdo de aquella proeza. Y son los mismos ensayistas los que me han arrastrado a ubicarme en un lugar de desamparo literario. No conozco a uno sólo que afirme que el ensayo es el camino que uno debe procurarse en la literatura. La gran mayoría de ellos escribe ensayos mientras trabaja en proyectos de cuento, poesía o novela. Con esto no ambiciono sostener que la relación de cada autor con el ensayo es de fracaso, pero sí el de confesar que la lectura y la escritura van orillándome a afirmar que si uno escribe ensayo es porque no puede escribir otra cosa. Pero, por otra parte, también me da la impresión de que un novelista, poeta o cuentista cree que podría fácilmente incursionar en el ensayo literario sin ningún problema. Nada más equivocado: se trata de una concepción del ensayo bastante precaria, una que pretende definir al ensayo literario como un ejercicio de argumentación elocuente, mismo que podría ejecutarse con destreza siempre y cuando se tenga un dominio del lenguaje. Quién sabe, igual y ciñéndome a la defensa por el género uno crea que es más ensayista que antes. Después de pasearme por el ensayo literario cuatro años, continúo sin comprender en qué momento uno puede declararse un ensayista; tengo dos sospechas: 1) defendiendo frente a intelectuales beligerantes los beneficios del género; es decir, suscribiendo, desmitificando o negando las ideas erróneas alrededor del ensayo literario; es pues cuando uno se convierte en defensor de esta causa perdida que tiene bien claro para qué equipo juega, y, supongo, se los deja bien en claro a sus lectores; 2) escribiendo un ensayo que proponga la vuelta a Montaigne una vez más, arguyendo que las enseñanzas del maestro deben seguir vigentes hasta hoy porque bla bla bla bla bla. Claro está, dos sospechas que surgen desde que uno no es un rock star de las letras por ninguna parte. A lo sumo voy chamaqueándome a instituciones educativas a las que, aprovechándome de su fe cristiana por las ventajas de la lectura en los jóvenes, les vendo la idea de la necesidad insoslayable de un taller de ensayo y una revista que dé testimonio de los aprendizajes del ciclo. Fenómeno extraño: uno es escritor —o ‘le sabe a eso de los libros; lee mucho’, como diría la directora del colegio en el que trabajo— frente a personas que aceptan sin más ni más que si uno dice que lee, automáticamente también escribe. Y lo hace bien. Yo no me creo esas flores, pero igual las celebro.

***

Lo que pretendo cuando escribo es, en primer lugar, que me lean. Después, que les guste. Si es posible que en dicho proceso el lector sea atravesado por ese sentimiento de lo fantástico que Cortázar alguna vez estipuló, mejor. Desde que leí esa conferencia de Cortázar no hay libro o maestro que me haga creer lo contrario: el cuento, como el ensayo —quién sabe si la novela o la poesía, que ellos se las arreglen solitos— debe por obligación estar impregnado de una sensación de extrañamiento. Parecería que el ensayo es una buena forma de ejercer la literatura en la vida cotidiana. Le atribuyo al ensayo dos prácticas: el cultivo del asombro y el alimento de la perplejidad. Es absolutamente insoslayable que el ensayo sea el responsable de ello puesto que sin estas dos es perfectamente inútil, y uno no está de ánimos para concluir que al igual que con el soccer tal vez vaya siendo hora de aceptar que el asunto tampoco iba por ahí. Creo que el ensayista va asombrándose debido a que se obliga a escribir; más allá de los romanticismos literarios en los que seguramente se amparará si comienza a leer el por qué y el cómo escriben los grandes —‘Escribo para que me quieran más’, decía Walter Benjamin—, y en los que incurrirá tan pronto sucumba a la angustia de saber que lo suyo no le importará a nadie, su producción literaria —valga decir, las maravillas, admiraciones, pasmos o estupefacciones a las que les dedique un ensayo— siempre estarán en búsqueda de lo insospechado. No queda claro si eso que considera insospechado necesitaba un ensayo o el ensayo necesitaba de eso insospechado; todavía me debato entre las dos, aunque un tiempo estuve persuadido a pensar que lo insospechado necesitaba de un ensayista que lo hiciera aparecer;  vengo desconfiando de tal certeza desde que no cuento con argumentos fuertes que la sostengan. Creo que fue Oscar Wilde el que cuenta la anécdota de aquel pintor que en uno de sus cuadros hizo aparecer una niebla en el Támesis; antes de él, nadie se había percatado de su existencia, seguramente porque no existía antes de que él la pintara. En enredos como estos argüía mi defensa de la necesidad de que el ensayista vaya en pos de inadvertido. Pero obviemos de una buena vez que lo inadvertido estaba bien por sí mismo. Y mucho mejor estaban los distraídos que no habían visto bien. Nada hay de importante en lo que dice el ensayista salvo que lo dice él, de ahí que la mayoría del tiempo esté envuelto en polémicas insulsas, precisamente porque aquello que el ensayista alumbró deja de brillar al tiempo que le pone punto final a su ensayo. En sus múltiples intentos por obtener seguidores el ensayista se disfraza de escandaloso. Puesto que el ensayo literario es básicamente una práctica de lo que está mal, el ensayista navega con bandera de gruñón con la esperanza de atraer esa misma polémica a sus ensayos. Y en esos berrinches, irritando por aquí y por allá, refunfuñando de casi todo, el ensayista no puede más que escudar su labor literaria en vericuetos como el de Wilde y en otros disparates como el de la experiencia estética. (Por eso muchos novelistas incursionan en el ensayo literario cuando ya han escrito tres o cuatro novelas que han transgredido toda sintaxis, que han vendido millones y que son legitimadas por círculos letrados; ellos conocen el peligros de hacerse de un nombre si inician por el ensayo literario.)
            La aventura del ensayo literario no se encuentra en sus ensayos sino en la forma caprichosa en la que va componiendo la realidad. A menos de que seas Octavio Paz, el ensayista aspira a que sus ensayos por lo menos sean bibliografía de alguien más, botana que sirva como alimento para las horas muertas; que en sus ensayos suceda lo que con las mujeres: que entren a la casa, que pasen a la cocina, que se queden, que no intenten irse, y, por último, que la pasen bien. Así, pues, escribir ensayos termina por ser una reiteración de nosotros mismos; una de tantas vías de investigación para un objeto de estudio en particular.  Al fin y al cabo el asunto con la literatura podría estar peor. Uno podría andar por ahí diciendo que escribe poesía visceral, visitando territorios donde le dan chancita de expresar lo que siente, vistiéndose con boinitas negras y sacos malolientes, fumando delicados sin filtro, cargando libros de la generación beat bajo el brazo y ser conocido bajo el sobrenombre de ‘El Bukowski’; o predicando que los libros son una ventana al mundo, prodigando que la cultura ha de redimirnos, que hay que atacar las bibliotecas, que hay que visitar el teatro una vez al mes, que cómo puede ser posible que no sepas que todas las palabras que terminan en n o s se acentúan, y así.  Por panoramas tan irrisorios como este —otro ejemplo: el programa de Salas de Lectura al que anda haciéndole publicidad la Secretaría de Cultura por toda la república—,  las manifestaciones de inconformidad que la realidad vaya suscitando caben bien dentro del ensayo (y a uno, por más que quiera explicar los motivos, no atina cómo expresar que nos va bien que quepan ahí). Quizás la obstinación en la escritura ensayística estribe en el hecho de hacer corajes de manera chistosa y que estos hagan eco en otras partes. O quizá no sea nada de lo anterior. Como vengo creyendo que es, terminará en el ensayo literario quien tenga que terminar en él. Y por razones que es imposible prefijar, y con consecuencias que nadie puede prever. 
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lunes, 7 de marzo de 2011

2 En la fila del supermercado


Sucede que el agobio causado por menesteres nimios vienen acompañados de analogías casi siempre inexplicables. Lo vengo pensando así desde que poco a poco voy creyendo más aquello de que es difícil precisar el momento de una cosa. (Por ejemplo, no puedo precisar en dónde leí eso; supongo --mero ejercicio de asociación libre, nada que pueda comprobarse de alguna manera-- que la frasecita esta la leí por primera vez como título de una entrada en un blog; y al tiempo que lo recuerdo así, también sé --y no sé por qué lo sé-- que quizás la haya dicho Cortázar en Rayuela, o José Emilio Pacheco, alguno de los dos. ¿O Pacheco era el de No me preguntes cómo pasa el tiempo? Acaso ésta mera fue la que encontré en un blog y con la otra tropecé gugleando? Difícil decir.) Y es que por cada intento que hago por precisar el tiempo justo en que aquello sobrevino --aun creyendo fervientemente que le he atinado al momento en que sucedió--, permanece la inquietud: ¿por qué he de preguntarme esto ahora? ¿cómo, en qué momento, di por hecho que así había pasado sin siquiera un mínimo esfuerzo de recordarlo? Entonces, conviene pensar que partimos de lo siguiente: un acontecimiento --cualquier anécdota, relato que podamos narrar después de que haya sucedido, recordándola como un hecho que nos importa y que queramos transmitir que nos importa mientras la contamos-- ha de instaurarse en la memoria dependiendo de qué tan significativo es para la historia de uno. Y digo que conviene pensarlo así para evitar caer una vez más en un laberinto: ¿por qué vengo pensando que ha de haber sido importante anotar las circunstancias que rodearon al acontecimiento; por qué ahora y no antes? ¿O es que el asunto cobra una trascendencia insospechada en este preciso minuto y debido a la tardanza ahora ya no puedo traerlo con claridad a la memoria? Pero si jamás he olvidado asuntos que tienen la menor importancia --y creo que puedo asegurar que también los cuento como si la tuvieran-- ¿a qué (o a quién) podríamos imputarle la trabazón? Hay, entonces, la posibilidad de pensarlo así, sin tanto aspaviento, puesto que precisar el momento de una cosa es relevante ahora mismo, lamentablemente un instante, como todos los instantes en que es difícil precisar el momento de una cosa, que contribuyen a generar una angustia de la cual no puedo deshacerme, pero, al mismo tiempo, al que no le dedico un despilfarro de energía intelectual que me deje agotado; ah, pues ha de haber sido ese día, si no pues cuál, me repito; me repito y me consuelo dejándolo así, conformándome con pensar que de seguro rondan por ahí eventos que debería (quién sabe por qué debería) saberme los pormenores del asunto (como si el asunto cambiara --o se volviera más especial, o ahora me diera a la tarea de contarlo a quien se me cruzara, o para peor, como si sirviera de algo saberlo-- cuando por fin me enterara por una suerte de azar inexplicable de cómo, cuándo y dónde y por qué sucedieron así: cuando uno sabe, por ejemplo, o mejor dicho, cuando uno atina y decreta con frialdad cuándo fue que se fumó el último cigarro de su juventud --porque de seguro ya sucedió y puedo asegurar que sucedió así de sencillo y sin una gran historia que lo respalde: fue el día, más bien la madrugada, que me dirigí a la farmacia y pedí omeoprazol.) Pero para lo que importa saberlo. Acaso lo que importe de precisar el momento de una cosa estriba básicamente en no pecar de ignorancia; en evitarnos la desazón fugaz de caer en la cuenta de que ni uno mismo puede narrar su historia con hechos verídicos, aunque ya sepamos, de antemano, que ello es inevitable, y que ante semejante derrota uno siempre tiene la opción de inventar e imaginar y precisar el momento de una cosa de la manera que le venga en gana; no obstante en este caso ya es hora de aceptar que la fantasía no basta --al menos hasta este punto, que vengo viendo cómo va redactándose este ensayo, y desde antes que lo comenzara a redactar ya presentía que para este caso en particular sí me resulta insoslayable conocer el cuento tal y como pasó--, que por más que le busco fábulas que satisfagan cada uno de los cabos sueltos del hecho, no hallo ninguna que le quede bien como para decretar que, sin importar si sucedió así o no, así ha de haber sucedido cada que me tome la libertad de narrarla. Es quizás por esta razón que en lugar de precisar el momento de una cosa, de esta cosa en particular, me da por pensar en sucesos equivalente que transcurren actualmente; podría hasta sospechar que tan pronto acaezca una historia que supere por amplio margen a las analogías que elaboro mientras descifro cuándo y cómo sucedió aquello, todo quede resuelto y hasta enterrado: ¿cuándo, en qué momento, dejé de caber en este carrito de supermercado? ¿Cuándo dejé de caber? ¿Alguien podría precisar el momento en que dejó de caber en el carrito del supermercado; cuando se subió sin la más mínima preocupación de que aquella vez sería la última? Supongo que las cosas --nada en general, pero insisto, sólo lo sospecho ahora, nunca lo había pensado antes de estar en esta fila-- habrían tomado un giro distinto a partir de ese momento; acaso un lapso cortísimo que nos dejó bien en claro y de una vez por todas que eso de crecer sí es verdad y que no sólo les sucede a los demás; pero insisto una vez más: la hipótesis no supera las ganas endemoniadas por saber qué sucedió en realidad, cuáles fueron los efectos posteriores al hecho y de qué manera fui moldeándome a partir de ello (y aún peor: no recuerdo, siendo sinceros, siquiera haberme guarecido en ese espacio tan reducido alguna vez: el primer recuerdo que asocio al supermercado es la compra de unos tenis bubblegummers que ya me habían comprado antes, y que empecinado --emberrinchado, pues-- en prolongar su tiempo de uso, demandé un nuevo par; en todos los recuerdos posteriores a este ya me veo corriendo por los pasillos hacia el área de los pescados a ver qué novedades había por ahí, a palparles la piel, los ojos, las escamas, la aleta, a asquearme del olor del pulpo y camarón. Aquí surge otra cuestión: podría ser que la terquedad con la que intento recordar cuándo dejé de caber no tenga ni siquiera cabida; podría ser que la dificultad por precisar el momento de la cosa sea imposible, simple y sencillamente porque jamás ocurrió en realidad. En todo caso estaría intentando fabricar un recuerdo exclusivamente con el afán de presumir que poseo una certeza única, inigualable e irrepetible y que mi memoria tiene la bondad de permitirme acceder a esta clase de vivencias. Básicamente el hecho se reduce a ostentar la primicia de una historia --inventada o no, no importa: es tuya y así hay que hacérselo entender a los demás.) Voy preparándome para el peor escenario, una especie de tormento que volverá una y otra vez, con mayor o menor fuerza, cada que me ve en la obligación de asistir al supermercado; pero también podría suceder todo lo contrario, un abandono de todo esfuerzo por precisar el momento de una cosa, consintiendo en la preocupación de que detrás de la voluntad por traer a la memoria una historia que tal vez ni sucedió, uno en realidad esté pensando en otra cosa; y que al fin y al cabo (para bien o para mal, para mejor o para peor) las meditaciones insulsas que rodean el conflicto están en relación directa a ésta mujer que me acompaña, y que indudablemente me terminará tan pronto lleguemos a la casa.
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miércoles, 9 de febrero de 2011

0 Brevísimo comentario del Superbowl

Hace cinco años Pepe Espinoza y Enrique Garay lo anunciaban: uno de las dos promesas colegiales del draft del 2005 --Aaron Rodgers (foto) o Alex Smith-- conquistarían el título de campeonato. Así supe del talento de Rodgers. (Y, caray, cómo extraño a Pepe Espinoza.)   


Ya lo venía pensando desde hace rato: el superbowl me dejó de gustar. Es más: quizás nunca llegó a gustarme tanto como pensé (y como se los hago pensar a los otros). Y es tal vez --no sé si decir tal vez sea una imprecisión: estoy casi seguro de que por ahí va el asunto-- que ya no soporto tanto aventarme el eventito completo. Y ya lo sabía, pero hasta hoy tengo el valor de aceptarlo: el superbowl es un partido que dura diez minutos --los últimos diez minutos del último cuarto-- y donde sin importar quién gane o quién pierda, siempre estará Ferguie al medio tiempo.   
   Viene siendo un partido larguísimo que halla su justificación en el final. ¿Y todo lo demás qué? Tres cuartos aburridísimos, carentes de todo espectáculo o siquiera la voluntad de generarnos algún alarido. A lo sumo, un error rival --ojo, un error del rival, no un acierto de nuestro equipo-- viene a quitarnos el bostezo que nos aquejaba desde la vociferación del himno gringo. (Por cierto, ¿se acuerdan que hace uno o dos años el himno lo cantó Queen Latifah? ¿Eso qué?) Pareciera que la patada inicial diera inicio a tres horas de fastidio para enterarnos --por enterarnos nomás-- quién demonios ganó el superbowl.  
    El equilibrio que debería caracterizar a todo supertazón --para quienes nuestro equipo jamás ha de llegar a dicha instancia, salvo una vez, en 1999, con los Titanes de Tennesse, pero para ese entonces ni mi equipo eran; lo fueron a partir de aquel partido-- es el de un juego entretenido y un espectáculo de medio tiempo que nos obligue a no cambiarle. No recuerdo cuál fue el último que logró el acometido (¿The Who? ¿Journey?). Y algo debe estar sucediendo con el evento del año, y no soy el único que lo sospecha: ¿Slash? ¿Slash? ¿Neta? ¿Slash y Ferguie cantando Sweet Child'o mine? ¿Los Black Eyed Peas? ¿Otra vez? ¿No acaban de estar... en todas partes?
   Así lo vengo pensando. Y a la vez, confirmo otra cosa: que la temporada del fútbol americano inicia con la última jornada de la temporada regular y termina con las finales de campeonato; que si tuviéramos que sentarnos frente al televisor a enterarnos quién ganó, tendría que ser de los partidos de postemporada y algunos lunes por la noche. Todo lo demás me parece absolutamente prescindible. No me atrevo a escupir lo anterior sin pesadez: el superbowl sigue siendo el único lugar al que viajaría; ir a un súpertazón continua siendo el único viaje que tengo que realizar en vida; seguiré participando, como cada año, en las promociones de Old Spice y Axe para ganarme boletos gratis; no dejaré de sentirlo así, de eso estoy seguro; pero ya estoy pensándome si sintonizarlo el próximo año, ahí sentadote, viendo a Lady Gaga y Justin Bieber a dúo cantando algún clásico de U2, esperando que por fin el partido se ponga movidito. ¡Bah!
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martes, 18 de enero de 2011

2 Meditaciones de mudanza



Las vías por las que el asombro va cautivándonos, casi siempre, apuntan hacia una inquietud inexplicable. Lo que en un instante fue júbilo, va convirtiéndose poco a poco en curiosidad imperante; lo que a la larga, seguramente, arrastrará pesquisas detectivescas para las que nunca tenemos tiempo, o peor aún, para las que nunca hay información suficiente que nos tranquilice. Recuerdo, o puedo imaginar que lo recuerdo, que a lo largo de las siete mudanzas por las he atravesado en esta ciudad, nunca había contado tantos ganchos como esta vez. Por qué tengo tantos, quién sabe; por qué los tengo de distintos colores y en diferentes formas, quién sabe. Jamás he comprado un gancho (¿se compran? Creo que sí, pero los que son especialmente para una prenda, los de alambre no.) Nunca he robado ganchos. Tampoco he pedido ganchos prestados (para qué, si en el hogar siempre ha de haber, por lo menos en la mía, ganchos y cocacola.) Puedo pensar que una, dos, tres y hasta cuatro docenas provengan de mis escasas visitas a la tintorería en cinco años. Pero también puedo pensar que los ganchos bien pudieron aparecerse solos una mañana y con una nueva prenda encima. 

   Sin duda tengo más ganchos que cualquier otro objeto. Tengo más ganchos que amigos; más ganchos que libros leídos; más ganchos que dinero en la cartera; más ganchos que cubiertos; más ganchos que años vividos, y encima no pude resolver deshacerme de ellos para esta mudanza. Jamás he tenido un mismo objeto tantas veces al mismo tiempo. En realidad no supe qué hacer exactamente con un exceso de ganchos. Así lo pensé, y me veo en la imposibilidad de justificar por qué lo pensé así: los tiraría a la basura una noche junto con otras bolsas para disimular (disimular qué, tampoco lo sé, pero me arrepentí); supuse que los ganchos causarían una contaminación en ríos y mares tal como lo hacen las pilas (o eso esuché que hacen, y ya me la creí); decidí que regalarlos sería una mejor opción, empero un par de rechazos me obligaron a desistir también. Pareciera que hay objetos que nadie hace, o por lo menos a los que es difícil adjudicarles un autor (o, en este caso, un proceso de fabricación popular que pudiera darme un referente confiable).

   Desconozco la procedencia de cada uno de ellos. No hay recuerdo que me enlace a un gancho, y para peor, parece que voy acumulándolos sin saberlo. Comienzo a sospechar --sospecha tétrica-- que los ganchos de alambre (de los que creo todos tenemos en mayor cantidad) ni se compran, no están a la venta en ninguna parte, y que nadie podría precisar el día de la llegada al clóset, o cualquier vaguedad con respecto a este o esteotro; que sólo llegan y que uno ni se entera cómo le hicieron; que el gancho sería el objeto promiscuo por excelencia, o más que promiscuo, acaso el más sombrío del hogar. Supongo, porque sólo puedo suponerlo desde que la información sobre los ganchos es súmamente reducida en la red, que la fabricación de ganchos de alambre continúa activa; pero para qué, si al parecer todos tenemos ganchos de alambre, y muchos, siempre más de los que necesitamos. Si como yo, todos contamos con abundancia de ganchos de alambre, ¿quién los compra entonces? ¿a quién le faltan ganchos?

   Al margen del conteo que hice del total de mis prendas, éstas ascienden a no más de cincuenta entre pantalones, camisas, suéteres, chamarras y camisetas. La cantidad de ganchos de alambre es alarmante. Los objetos que alcanzaron a llegar sin contratiempo a la nueva casa parecen todos familiares salvo uno, casualmente, un gancho, pero un gancho cuádruple de color azul: una especie de gancho de múltiples barras para colgar pantalones: descubrimiento absolutamente insólito para mi. Con todo, y los ganchos quizás dejen de importar terminada la mudanza. Como toda curiosidad efímera para la que no se tienen respuestas prontas, su desenlace va dejándose irremediablemente para después. Todavía por las noches, por encima de las cobijas, volteo con temor al clóset a ver si no está creciendo uno.    
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miércoles, 22 de diciembre de 2010

1 Ideas para un regalo navideño acertadísimo.

A las playeras de Glennz les hago toda la propaganda posible. 




























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viernes, 29 de octubre de 2010

1 Imaginantes

Imaginantes es una serie de cortometrajes producidos por Fundación Televisa. Entre comercial y comercial aparecen espordádicamente, por ejemplo, cuando estás viendo, despuesito de las cuatro, otro capítulo de Bob Esponja en canal cinco que ya habías visto en nickelodeon antes. Mi favorito, el Mago sin Imaginación, del libro El mago, de César Aira. Cómo quiero conseguir ese libro. 



















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sábado, 9 de octubre de 2010

0 ¿Eso qué? (ensayo completo)


I

Tengo la sospecha de que frente a cualquier pregunta de índole cotidiana, casi toda respuesta que tome la vía del rigor científico es inútil para la conversación; lo que sucederá, tarde o temprano, es que uno termine asintiendo sin saber de qué manera continuarla. Cada día sospecho más que el conocimiento científico limita la imaginación y restringe la creatividad; o quizás —todavía no lo sé, lo estoy investigando entre plática y plática— no sea el conocimiento científico sino las personas que lo practican: por ello tengo una sospecha todavía más fuerte —hipótesis a punto de convertirse en ley— de que, por ejemplo, la ingeniería seca el alma, de que todo ánimo científico empecinado en atinar la respuesta correcta asesina el espíritu de la especulación y la duda. 
Pese a reconocer que algunos de los ensayos más entrañables que he leído provienen de gente apegada a la ciencia, uno no siempre es amigo de Oliver Sacks, Francisco González Crussí o Marcelino Cereijido. Uno comparte el espacio con físicos, biólogos y químicos farmacéuticos, o en el peor de los casos con ingenieros en sistemas e ingenieros en redes y telecomunicaciones —aunque, cabe especificar, y de manera puntual, que ciertamente no son todos: la verdad, ese virus que los hace actuar como si supieran, a veces se da sus treguas y uno puede encontrar la creatividad en los lugares más insospechados; del mismo modo pero al revés, uno topa con que de los lugares que espera mayor especulación son de donde menos provienen, por ejemplo, de comunicólogos y filósofos: en este caso en particular no se podría decir que éstas licenciaturas secan el alma, más bien la embrutecen.  
Lo anterior viene a cuento desde que vivo bajo la siguiente conjetura: que existen ciertas preguntas que será mejor no responder bajo los efectos de la verdad, y que quizá sea lo más saludable, por el bien de la pregunta, dudar antes que responder. He caído en la cuenta de que algunas preguntas de aparente respuesta fácil e inmediata no deberían tener respuestas sino especulaciones, a pesar de que los científicos, con sus distintos disfraces, con su relación estrecha con la contundencia —y que parecen ser los más propensos a atentar contra lo anterior—, piensen lo contrario. Lo cierto es que desde que en ciertas pláticas informales donde me rehúso a hacer uso del clima como tema directriz, normalmente me doy a la tarea de preguntar a mi interlocutor su opinión (este acto no va sin un dejo de valentía) sobre algunas preguntas que por alguna razón desconocida interpelan mi curiosidad. Desde que tengo ese mal hábito, comienzo a sospechar, otra vez, dos cosas: que la verdad científica mal contada es aburrida —es decir, narrada de tal manera que apunte a la obviedad,  y que quien responda encuentre la mayor ociosidad en el cuestionamiento y por tanto lo desdeñe—; y dos, que la meditaciones que uno confabula apropósito de la interrogación nunca estuvieron más alejados de dicha verdad. No obstante, acaso en dicho alejamiento la especulación encuentre la mayor cantidad de riquezas; pero a medida que uno pregona sus teorías sobre lo que traman las moscas cuando se frotan sus patas, o lo que creo que seguramente sucede con los niños y las verduras, o la procedencia del talento del Chicharito Hernández, o las razones para creerle a los Expedientes Secretos X —todas curiosidades que me convocan—, cae en la cuenta que lo científicamente comprobado limita cualquier posibilidad.  
De ahí que cuando uno comparte que la combinación de palabras pink y horchata es la unión más cautivante, respondan que la horchata ni rosa debería ser.

II

Quizá no sea cuestión de profesiones sino de asombro. Hay ideas que nos pasman, que nos maravillan por razones desconocidas (¿tendría uno que saber por qué?). Hay ideas, ideas novedosas, ideas viejas, ideas repensadas que nos flechan nada más porque uno se siente bien al pensarlas, o mejor, porque uno siente que está pensando mientras las piensa. Al final de cuentas, lo más seguro es que no sea propio únicamente de las ingenierías —o de la ciencia en general— la imposibilidad de que el número seis esté embarazado ­—‘No, cómo crees, si los números no se embarazan’, espetan—, sino de la escasez de imaginación que nos habita —y me incluyo, porque para mí como para ellos (si es que podemos hablar de un ellos y un nosotros) resulta igual de problemático que uno les pregunté que qué con eso de la estructura química de los triglicéridos o que eso qué con los ángulos de interjección radial. Por lo menos me consta que la incomodidad no va sólo de un lado, y que si sigo sin encontrar la genialidad en los cultivos hidropónicos autosustentables y en los números primos, seguramente también pueda concluirse que desde el ensayo literario esté sucediendo algo, algo serio que impide el asombro. Pero el problema con las ideas que nos capturan es que tenemos poco que decir al respecto. A veces nada. La mayoría del tiempo la pasamos rumiándolas, viendo qué hacer con ellas, en dónde caben, para quién son, asomándonos a la libreta una y otra vez con la firme convicción de acertar un nuevo plan para ellas. Ello difícilmente sucede: parece que algunas ideas están destinadas a ser el fracaso de incansables meditaciones —no todas (o eso me gustas pensar), espero que algunas transgredan la libreta notas, que crezcan, se desarrollen y terminen, por ejemplo, en una afamada tira cómica de nombre Sherwood, la marmota de Shakespeare, el niño mutante—. O si no al  fracaso sí a la primera ocurrencia que les fue impuesta, ésta, la de un ensayo. Hace ya cuatro años que un ensayo que verse sobre las dificultades de poseer un título sustancioso sin tener nada que decir al respecto viene abrumándome. Después de interminables reflexiones —interminables por tediosas y repetitivas más que por otra cosa—, y antes de que el asunto se convirtiera en una triste obstinación, resolví lo siguiente: que más allá de escoger el título para un ensayo, debía darme a la tarea de colocar el título en un lugar donde no habría que dar cuenta de él, un territorio donde fuera tolerable inscribirlo sin la obligación de desplegar un ensayo en particular, un espacio donde la alusión pudiera ser o no directa: el título de un libro. De manera que, si fuera poeta, sin duda escogería que alguno de mis poemarios llevara por título Canciones de góndola, y, sin duda también, alguno de mis poemas comenzaría así: Pincel de trazo inamovible…; y, también, por qué no, terminaría así: … como pez arbóreo maniatado; y si fuera cuentista, el libro que compilara algunos de mis cuentos, de apariencia infantil pero dirigido a los adultos, llevaría por título No hay edad para los peluches, teniendo como personajes principales a los hermanos Alfiler y Alfeñique; y, para cuando la muerte aceche y la edad apunte a que un libro autobiográfico es el siguiente paso, publicaría Las memorias pueden esperar; o mejor todavía: La gata nada más anda viendo dónde treparse y otros ensayos de cultura cotidiana, o,  ¿A ver, y en dónde empieza este sándwich? y otros ensayos de cultura popular.  
Lo cierto es que el asombro sucede de forma inesperada, demandándonos hacer algo con él. De ahí que cuando Jorge Luis Borges se pregunta ‘¿Cuando muera yo, qué morirá conmigo?’, o cuando Fabio Morábito reclama que en las distintas estaciones de radio no hay una que reproduzca exclusivamente el sonido de los columpios en su programación, o cuando Luis Ignacio Helguera afirma que envejecemos más que nunca los domingos, uno se quede ahí, absorto, sin saber qué hacer con él exactamente, salvo una cosa, ésta, la que yo puedo ofrecer: coleccionarlo.

III

Lo que verdaderamente pienso sobre el ‘Chicharito’ Hernández es un ensayo que todavía no he hecho, pero haré. Básicamente argumentaré que el talento futbolístico de un jugador es determinado por la extravagancia de su sobrenombre. El ‘Chicharito’ Hernández es el apodo que México estaba esperando.

IV

Cabe preguntarnos por qué subrayamos un libro o por  qué conservamos un cuaderno de notas. Dándole vueltas a la pregunta, quiero suponer que archivamos pensamientos de otros nomás porque ellos lo dicen mejor que uno. O peor: lo dicen como a uno siempre le hubiera gustado decirlo. No atino conclusión distinta. Sin embargo me resulta preocupante que regrese a ellas con una frecuencia mínima. No amparo un proyecto preconcebido para las frases que guardo; tan sólo creo que en algún momento servirán para iluminarme. Creo que me servirán, como uno que cree le servirá todo aquello que rehúsa deshacerse. Conforme los días transcurren la libreta crece en hojas, aunque, de hecho, ni libreta sea, es una carpeta, de esas grandes y blancas de oficina; la compré así bajo la suposición de leer lo suficiente como para llenarla. Lo cierto es que su estado es por demás flaco. Raquítico diría yo. Sus primeros apuntes contienen una novela de Oscar Wilde, escritor que almaceno con exagerada recurrencia. Le siguen los extractos de una novela de Robert Walser que nunca terminé (Los Hermanos Tannen); no recuerdo por qué abandoné esa lectura; releyendo a Walser —bueno, las frases que copié aquella vez—, sigo sin explicármelo. Mis notas llegan hasta la página ochenta y dos de la novela; es en realidad excelente material intelectual, como esto: ‘Cuidaba de sus uñas más que de su inteligencia, que sencillamente tenía abandonada’, a la cual agrego dos signos de admiración a su lado, como resaltado la jerarquía de la oración. Me es imposible recordar por qué hice eso. Al resto de las hojas le siguen algunos esbozos míos de de Fitzgerald alrededor de El Gran Gatsby; otras tantas frases de los dos libros que he leído de Enrique Serna; unas cinco o seis de Jorge Ibargüengoitia y otras tantas de Vicente Quirarte, y así. (Acabo de recordar que conservo por ahí otra libreta de notas. Esa tampoco era libreta, era cuaderno. Mi primer cuaderno de notas. Recuerdo que en ese cuaderno —que ha de estar ahí, no sé donde, pero ha de estar ahí— archivo a Roland Barthes, a Lichtenberg y a Milán Kundera. Por alguna razón que tampoco recuerdo, no he transcrito el material de un cuaderno a otro. Tampoco he transcrito lo que subrayo de lecturas para las que no tengo el libro, copias fotostáticas que también amontono por si se ofrece. Ahora mismo me lamento un tanto más: por un tiempo tuve la mala costumbre de subrayar libros. Fue una práctica nociva que era proclive al desorden. Tendría que confrontar los libros de mi biblioteca con los autores que engordan mi libreta de notas; los que no estén, y encima sospeche que deban estar, seguramente los habré subrayado. Acabo de recordar otra: antes de esta carpeta, antes de mi primera libreta, antes del cuaderno de notas donde está Barthes, registraba en mi celular los fragmentos a coleccionar; poco a poco, dentro de un mensaje sms guardado en borradores, tecleaba el enunciado completo. Una tarde el celular se apagó, y hoy, dos años después, no ha querido encenderse de nuevo. No recuerdo quiénes se apagaron con él también. El celular se encuentra en una bolsa de artículos varios que no me resuelvo a tirar. Casualmente, la bolsa está encima de otra caja, la caja de viejos cuadernos de la universidad, que, quizá también, algún día me servirán.)
Las frases que he escogido para jamás olvidarlas las he anotado en mi carpeta. Las conservo por si algún día flaquea mi vocación literaria, abandono los libros y me dedico de una vez por todas a desarrollar una carrera profesional jugando golf. Y aunque por largo tiempo miraba la carpeta con desánimo, de un mes acá ya me corregí, ya le compré hojas nuevas, separadores, la limpié con alcohol, la tengo a la vista, ahí, con unos cuantos pequeños objetos alrededor que no le estorban recordarme que leer me gusta. Sé que he pensado más de lo que he leído. Sé que a este ritmo mi carpeta seguirá incompleta.

V

El pacto con las ideas es la imaginación. Debería decir que es con la escritura, pero por lo menos, al que como yo, una idea maravillosa rara vez detone en algo más que un instante de júbilo, antes preferirá agotar su sabor que digerirla. No obstante, seguramente ellas seguirán en el mismo lugar donde siempre han estado —en mi carpeta, en alguna conversación con Pablo Fernández Christlieb o en Seinfield—, inamovibles, quizá siendo otras en comparación con lo que fueron en un algún momento, esperando (no sé si ellas o yo) a encontrarles algún desenlace. O también, esperando el día que el desenlace que uno ha confabulado acontezca:

1)      Es como tomarse una nieve/ Es como una cucharada de Emulsión de Scoth: sin consumación definida aún. El primero, deberá de adherirse a la descripción de un suceso que brille por su ligereza. El segundo deberá ser su opuesto radical.
2)      Las estupideces tienen eco: crítica literaria a un texto epidémico, foco de infección física y moral.

3)      Peroné W. Pooh: como Thomas Pynchon, pero finlandés.

4)      No tienes edad para apreciarme: Sin consumación definida aún. Réplica contundente. Deberá pronunciarse con semblante de hastío en el rostro. 

5)      Ferdinand Agogó: la siguiente mascota tan pronto muera Gordolobo, cócker de trece años. Estoy convencido que un Basset-hound le va bien al nombre.

6)      Nada de lo que hagas me sorprendería: aseveración peligrosa y delicada. La reservo para las mujeres.              

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